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Casa Común: reinventar economías desde la confianza

Margarita Higuera cuenta cómo nació Casa Común: un experimento colectivo para construir economía sobre la confianza.

Una mujer conversa sentada frente a un muro de piedra rodeada de vegetación

Casa Común es un espacio vivo en Barichara donde productores, campesinos, viajeros, artistas y vecinos se encuentran para transformar alimentos de temporada, compartir saberes y sostener una economía distinta. Es tienda, café y laboratorio, pero sobre todo es un experimento sobre una pregunta incómoda: qué pasaría si dejáramos de dar por sentado lo que ya tenemos. Margarita Higuera, que llegó a este territorio a los veintiún años, cuenta cómo se llegó hasta aquí.

Llegar por la gente, no por el paisaje

Margarita es psicóloga y llegó a Barichara a trabajar en el campo con un programa de atención básica de la alcaldía. Recorrió el territorio, hizo relaciones que todavía duran y se quedó.

Lo que la retuvo no fue la arquitectura. «Independientemente de las casas bonitas, independientemente de todo eso, lo más lindo de este territorio es su gente». Habla de un lugar donde uno saluda y le devuelven el saludo, donde hay una historia ancestral que se filtra en las paredes de bahareque y en los tejidos, y donde esa densidad de vínculos produce algo difícil de comprar: una sensación de seguridad y de soberanía.

También habla de contagio. Mucha gente llega a Barichara queriendo cambiar de vida, y esa búsqueda estimula a los demás, a los que llegan y a los que son de aquí. «Un contagio de querer hacer realmente las cosas de una forma distinta».

Volver siendo otra persona

Estuvo un tiempo fuera. Cuando regresó, volvió siendo mamá, no psicóloga, y eso le cambió la mirada sobre el lugar. Lo que no cambió fue el deseo de entregar algo.

Casa Común no apareció como un plan. Empezó con la construcción de una casa y, al mismo tiempo, con la construcción de muchas relaciones humanas: amigos que llegaban, una casa siempre abierta y disponible para lo que pasara. En un momento económicamente difícil, sin saber por dónde era el camino, lo que la ordenó fue empezar a relacionarse con el jardín.

Esa relación con las plantas fue la que le mostró el resto. «Como empezar a relacionarme con el jardín me ayudó también a entender y a relacionarme con las plantas del territorio, con las personas del territorio, con los procesos del territorio». Ahí entendió el potencial que había en cosas que estaban a la vista y a las que nadie les asignaba un valor.

El dermatólogo que nadie mira

Margarita lo explica con un árbol. En el bosque seco crece el indio desnudo, el mejor dermatólogo del territorio, dice. ¿Lo valoramos? No. ¿Lo vemos? No. ¿Lo conocemos? No.

Y de ahí salta a lo que le interesa de verdad: «imagínense, si eso pasa en la naturaleza, ¿cómo no va a pasar en las relaciones humanas?». El otro trae un valor enorme, pero uno está tan ensimismado que no lo ve, y suele empezar a valorarlo solo cuando lo necesita.

Su interpretación de Casa Común es exactamente esa apuesta: valorarnos. Cómo reconocer lo que el otro trae a este lugar, y también lo que uno mismo trae. Es un ejercicio que casi nunca se hace solo: uno empieza a ver sus propios recursos cuando alguien más los valora, cuando hay intercambio.

Nadie hace esto solo

Preguntada por el origen, es tajante: como idea de una sola persona, Casa Común habría sido imposible. Es el conjunto de muchas personas que llevaban tiempo preguntándose cómo habitar este territorio y esta vida de otra manera.

Y la dificultad principal tampoco es logística. Es mental. Lo primero, dice, fue entender que quien tenía que transformarse era ella: quitarse estructuras muy arraigadas sobre la economía, sobre la seguridad, sobre quién es y sobre qué significa el éxito. Cuando aparece la tensión, la pregunta que se hace es qué se le está confrontando por dentro.

Lo segundo es más duro todavía, porque no depende de uno: si desestructurarse a uno mismo cuesta, tumbar esquemas mentales en toda una comunidad (que el otro comprenda, que estemos alineados en el propósito) no se puede forzar. Eso, dice, ha sido de lo más difícil. Y también lo que los ha obligado a confiar.

La vida como experimento

«Así como la vida es un proceso experimental, para mí esto es un experimento, como mi vida». No hay certeza y nadie la tiene: es un misterio, y todos están en el mismo misterio. Por eso la pregunta no es si algo está bien o mal, sino si se está ensayando de verdad.

Lo único de lo que sí tiene certeza lo dice como una fórmula: si sabemos observar lo que tenemos y lo valoramos, si le damos su puesto, la abundancia y la sostenibilidad llegan solas.

Cambiar el mundo, o cambiar la propia realidad

Margarita se resta la responsabilidad de cambiar el mundo («¿quién soy yo para cambiar el mundo?») y la reemplaza por algo mucho más pequeño y mucho más exigente: cambiar la propia realidad, sabiendo que esa realidad impacta lo que está alrededor. Si todos hicieran eso, dice, pasaría lo que ha venido pasando aquí.

En la práctica, eso ha significado romper los esquemas de quién manda, quién decide, de quién es la idea, quién coordina, quién tiene más ego. Son las formas que traen carencia. Lo contrario, en un territorio donde «aquí da de todo», es la reciprocidad: no se puede recibir así de un lugar sin sentirse responsable de él.

Casa Común no se declara exitosa. El día que Margarita lo diga, será cuando todos puedan relacionarse desde la confianza y la entrega, y no desde la envidia y la carencia. Sabe que suena utópico. Pero la escala en la que lo está probando es lo pequeño, que es donde estas cosas o funcionan o no funcionan: un jardín, una casa abierta, una comunidad que se atreve a hacer las cosas distinto.


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