En la vereda Lubigará vive doña Medarda Torres, una de las últimas personas que todavía hace cerámica guane con las manos, con el barro de la quebrada y con la piedra de la mina. Un grupo de niños fue hasta su casa a aprender el oficio, y lo que encontraron no fue una clase de manualidades: fue una cadena de conocimiento que lleva generaciones viajando y que hoy cabe en un solo par de manos.
Un oficio que llegó por la línea de las abuelas
Doña Medarda empezó a los doce años, más o menos. No lo eligió: en su casa todo se hacía de barro y aprender era lo natural. «Como en la casa todo se hacía, era mero barro. Entonces uno pues, eso aprendí».
Se lo enseñó su mamá. A su mamá, los abuelos. Y a los abuelos, los abuelos de los abuelos. Antes de que llegaran el aluminio y el plástico, los platos, los vasos y las ollas de la vereda salían todos de la tierra, y el oficio sostenía la vida cotidiana del campo.
Cuatro días de camino para vender
Esa producción no se quedaba en la casa. Los bisabuelos de doña Medarda cargaban las piezas en mulas y salían a venderlas a Zapatoca y a Galán, por el camino, sin carretera. Salían un jueves y volvían el domingo o el lunes.
Lo que más vendían era el tejo, la placa de barro sobre la que se asa la arepa; en casa de doña Medarda se sigue usando todos los días para la arepa de pelado. Y no siempre llegaba entero: le contaron que a veces, ya cerca de los puestos lejanos, se desguazaba la maleta y se perdía la carga completa después de tres días de camino.
El barro no viene solo: viene con piedra
Lo primero que corrige doña Medarda cuando alguien piensa que esto se trata solo de amasar barro es que hacen falta dos cosas, no una: el barro y la piedra.
El barro hay que ir a buscarlo a pie. Allá no entra carro ni entra mula, porque toca cruzar una quebrada y el camino va entre uña de gato, que se agarra de la ropa al pasar. Hay que bajar con los costales, cargar el pucho y sacarlo hasta donde sí pueda llegar un animal. Después se pone al sol, se machaca con una piedra y se echa en agua, porque un terrón grande no se deja trabajar.
La piedra es aparte. Doña Medarda busca piedra de mina con cuarzo, pesada, y hay que partirla, con la ayuda de un yerno y la porra, y molerla hasta dejarla en polvo. Ese polvo es lo que se le mezcla al barro. Sin él la pieza no aguanta el fuego: «cuando uno vaya a quemarlo se totean todos, porque el barro no aguanta solo».
Pisar el barro
Con la piedra molida encima, el barro se pisa. Descalzo, con todo el peso, hasta que la mezcla queda pareja y sin los grumos que después revientan la pieza. Los niños preguntaron si podían meter los pies. Podían.
Doña Medarda dice que además es sano. Cuando el médico le preguntó si le dolían las manos y ella dijo que no, quiso saber a qué se dedicaba. Le contestó que al barro. El médico le dijo que eso era muy bueno para el cuerpo.
De un pedazo de barro a una sartén
En el taller, moldear una sartén le toma a doña Medarda unos segundos: levanta la pared, la cierra, le pone una orejita, o dos si se las piden, y ya está. A los niños les pareció magia. Después explicó lo que no se ve en esos segundos: al día siguiente hay que volver sobre la pieza con la cuchara, pulirla, quitarle el barro sobrante por detrás y alisarla, y solo entonces se puede pensar en el fuego.
También les advirtió lo que puede salir mal. Una pieza recién hecha puede amanecer encorvada, aplastada sobre sí misma. Esas ya no sirven: se juntan, se echan en agua y se vuelven a empezar.
El fuego, el viento y la piedra
Para la quema, doña Medarda para la piedra de mina de canto, arma la leña alrededor, y va parando el tejo y arropándolo de leña. La leña tiene que estar seca; la guarda tapada con un plástico, porque si escurre agua se le parten las piezas y se le daña el trabajo entero.
Después de prender, dice, no es cosa de horas. Ella se pone a silbar hasta que llega el viento y el fuego arropa la carga. «Yo silbo el viento».
Al final, lo que sale entero va al mercado. Lo que sale rajado no lo vende: lo deja por ahí, y la gente se lo lleva para adorno.
«Yo me muero y se acaba todo»
En la vereda había muchas manos en esto. Doña Medarda nombra a Dolores, a Matilde, a Constantino, a Temilda, a Vicente. Todos trabajaban el barro. «Ya no hay, ya no hay», dice. Y después la frase que deja la conversación en silencio: «no quedó como yo, yo me muero y se acaba todo».
Ella intentó pasarlo a sus nietos. El camino al barro los mareaba y los tumbaba al piso; solo Raulín, el mayor, aguantaba: tenía que descargar el pucho de los otros y devolverse por ellos. Ninguno vive ya allí.
Hubo un momento en que ella misma dejó de hacerlo. Cuando quedó sola, después de Jesús, su esposo, pasó un tiempo largo sin querer volver a la vida. Fue un sacerdote de Barichara quien vio las vasijas en la casa de abajo y pidió que la ayudaran a retomar el oficio, para que le aliviara el malestar. Y así fue.
La puerta sigue abierta
Doña Medarda no guarda el conocimiento. Al final de la tarde lo dijo sin adornos: «el que quiera aprender, pues, aquí puede venir. Y yo le enseño y yo le digo cómo, y ya».
Los oficios no son solo trabajo. Son memoria y son raíz, y son de las pocas cosas que no se pueden recuperar una vez se pierden: cuando se apaga la última hoguera, no queda un manual del que copiarlas. Por eso una tarde de niños con las manos en el barro, en una vereda sin carretera hasta la mina, vale mucho más de lo que parece.