En la vereda Lubigará, doña Celina Ballesteros lleva desde 2006 cuidando un pedazo de tierra que llegó cansado y que hoy da limones, mandarinas y mangos. No es una historia de rendimientos: es la de una mujer que decidió que la tierra que la sostiene todavía tiene futuro, y que ese futuro no es solo suyo.
Una tierra esterilizada
Doña Celina y su familia, como tantos otros, se fueron jóvenes a la costa y volvieron cuando el viaje se puso difícil. Encontraron el terreno agotado. Durante años allí se sembró monocultivo (tabaco, millo, yuca, maíz), y en cantidad. «La tierra quedó muy esterilizada», dice.
Lo que había cambiado no era solo el suelo. Cuando ella se crio no había luz ni acueducto: se alumbraban con vela o con lámpara de gasolina, y el agua era la natural, la que daba el territorio. Hoy llega agua del pueblo. «Ahora estamos en la ciudad y a la vez en el campo», resume. «Pero de las dos, yo sigo con mi campo».
Encontrar la sintrópica
El cambio llegó con unas prácticas de agricultura sintrópica. Le llamó la atención de inmediato una cosa concreta: que no hacen falta los abonos de antes. «Al parecer ayudan, pero en el momento las matan y después destruyen la tierra».
Desde entonces siembra siguiendo esa lógica. Todas las divisiones de la finca son cercas vivas, no muros de piedra: nopal, fique, matarratón, el árbol que allí llaman San Vicente y que en la sintrópica conocen como indio desnudo. Cada uno hace más de un trabajo. Las ramas del matarratón alimentan a los chivos y sus hojas sirven para la fiebre; las hojas que caen van abonando el suelo.
El maíz, antes, se cosechaba y el resto iba para la vaca. «Ya con la sintrópica aprendí que eso no sirve mucho: es para la misma tierrita, el abono».
Y hay un mandarino que estuvo a punto de morirse. «Yo misma le puse amor, con las podas y la sintrópica, y ahora me dio esa cosechita».
El agua es lo primero, y lo que falta
El problema mayor de la finca es el agua. El acueducto trae química que le quema los cultivos: una vez, tras un verano duro, un carro tanque le llenó la huerta entera, zanahoria y todo, y al día siguiente amaneció seca. Desde entonces riega con lo que recoge: el agua del baño, la de la cocina. Su hermano, que sí tiene laguna para recoger lluvia, saca acelgas, coliflor, rábano, cebolla blanca y roja. Ella lo dice sin rencor, como quien constata un hecho: él puede porque tiene agua natural.
Por eso lo que de verdad la ocupa son los aljibes. En Lubigará hubo varios; del aljibe del Totumo recogía agua toda la vereda, y en la finca de su papá había otro que también era de la comunidad. Los dos se secaron. Los estudios dicen que el agua sigue ahí, y que se puede rescatar poco a poco.
Ella ya «sembró agua» en dos partes: en lo que le tocó de su papá y en la finca donde vive ahora. Sabe cuánto tarda. «Después de los cinco años es tardecito. Pero yo digo: no importa». Y explica por qué: «así yo no lo vea, pero que haya para los demás después».
Sobre esto es tajante. «El agua es muy sagrada. Si se empieza con egoísmo o envidias, eso sí no resulta. Porque el agua es vivo».
Nada de esto es para ella sola
Doña Celina no quiere una finca modelo privada. Invitó a la gente de la vereda a que fuera a ver lo que estaba haciendo, precisamente para que no fuera solo suyo. Tres personas han seguido el camino.
Comparte semillas con su hermano, que también volvió al campo y también se está metiendo en la sintrópica: cuando a uno le falta, el otro tiene. Y viaja. Su esposo le dice, en broma, que no tiene más oficio que ir a visitar veredas ajenas. Ella responde que de cada lado se aprenden cosas distintas y se traen semillas distintas: donde ve un árbol bonito, pregunta si sale de semilla o de tronquito, y se lo lleva a trasplantar.
Los limones tampoco se venden. Cuando hay cosecha, los recoge y se los lleva a las personas que sabe que no tienen.
El bosque que vuelve, y una salud que vuelve con él
Los cambios ya se oyen. Han llegado aves que antes no se veían por ahí (rabiblancas, perdices, guacharacas) y en la peña, cerquita, se escuchan los monos aulladores, que ella nunca había oído en esa vereda.
Y cambió su propia salud. En 2015 el azúcar no le bajaba de cuatrocientos y tuvo que empezar la insulina con veintiocho unidades. Hoy va en catorce. Lo atribuye a la comida: cuando se metió en la sintrópica, la alimentación se volvió otra cosa. En vez de pastillas toma aromáticas de hoja de mango, guayaba, guanábana y canela, y un pesto que aprendió a hacer con las hierbas de sus propias materas: rúgula, perejil, cebollín, hierbabuena, albahaca, anís, orégano. «Yo como todo lo natural y no me hace daño nada».
Cuando estuvo enferma dos meses y no podía salir, lo que más echó de menos fue estar afuera con sus arbolitos, «a consentirlos».
Sembrar para un tiempo que no ha llegado
Doña Celina no habla del clima en abstracto. Habla de que ya no se sabe cuándo son las lluvias y cuándo el verano, de que los tiempos «están cambiadísimos» respecto a los de su niñez, y de que los químicos cada año cuestan más y nadie alcanza a comprarlos.
De ahí sale su cálculo, que es enteramente hacia adelante: dejarle a la juventud una tierra fértil que pueda producir su propia comida, «porque supuestamente vienen tiempos muy difíciles, empezando por el agua».
Mientras tanto habla con las matas y regaña a los animales. Su marido a veces la encuentra conversando con una planta. Ella no se disculpa por eso.
Su sueño lo dice en una sola frase, y es un sueño de sombra futura: que cuando esté haciendo mucho calor, los árboles ya estén grandotes, y venir a reposar ahí.