Frente al Bioparque de Barichara hay un terreno que llevaba mucho tiempo dormido, entre ruinas antiguas y piedras que todavía guardan memoria. Un grupo de mujeres se reunió allí, acompañadas por Jonatán Mojica y el programa Consciencias del Territorio de Sueños del Bosque, para convertirlo en una huerta comunitaria. Lo primero que hicieron no fue cavar.
Pedir permiso
Antes de tocar la tierra, se pide permiso. El lugar se honra con fuego, con tabaco, con algodón y con silencio. No es un preámbulo decorativo: fija el marco de todo lo que viene después. «Todo lo que nace aquí, nace con intención».
Regenerar, en esta lectura, no empieza por la herramienta. Empieza por escuchar, agradecer y dejar que el terreno diga algo antes de que nadie decida qué hacer con él.
El algodón, primera maestra del día
La primera planta del día fue el algodón, planta ancestral del pueblo guane, símbolo de suavidad y de resistencia. No se sembró: se hiló.
La consigna era sencilla y nada trivial. «Vamos a hacer un camino, pensando qué quiero yo dejar al mundo, qué quiero yo hacer en el mundo, dar de mi corazón. Vamos a hacer este caminito pensando eso, mientras lo enrollo».
Dicen que el algodón guarda lo que piensas mientras lo trabajas. Por eso, antes de hilar, se piensa con amor. Cada hebra se volvió un deseo, y cada pulsera una ofrenda.
El terreno decidió su forma
El diseño de la huerta no llegó dibujado de antemano. Salió de mirar el terreno entre todas.
Se habló del espiral, que para los pueblos indígenas es figura de origen y de final: empieza y termina en un punto, y donde termina vuelve a empezar. Se probaron formas de corazón, triángulos, camas rectas. Al final decidieron sembrar en forma de corazón e infinito: el corazón por el cuidado, el infinito por el fluir de la vida.
Tabaco, aromáticas y alimento
Si el algodón asentó las intenciones, el tabaco abrió la puerta para sembrar: planta sagrada que sana, que protege y que conecta. Se trasplantó primero, junto con el algodón, como guardianes del territorio; después llegaron las aromáticas y los alimentos que sostendrán la huerta.
Las semillas no eran cualquiera. Eran semillas reusadas, semillas que ya conocen esta tierra: tienen historia y saben florecer donde el sol calienta y el suelo se abre. La idea que las acompaña es que la semilla memoriza lo que pasa en el territorio y vuelve a nacer con esa información. Se sembraron con palabras de aliento.
Una escuela viva
Entre las participantes había mujeres llegadas de muy lejos, de otros paisajes y otros ritmos, con el deseo de ofrecer algo a esta tierra amarilla. Jugaron, se nombraron, se rieron: a través del cuerpo y del movimiento, recordaron que aprender puede ser alegría.
Lo que quedó no es solo un espacio de cultivo. Es una escuela viva y una semilla de futuro: cada palabra quedó en la tierra y cada gesto en la memoria del lugar. Y, como suele pasar en estas jornadas, quienes siembran también se siembran a sí mismas.
En las ruinas, la vida vuelve a brotar.